el manuscrito de Voynich

A finales de 1912 un vendedor de libros antiguos de Nueva York llamado Wilfred M. Voynich volvió a su ciudad natal de una visita a Europa con un pequeño manuscrito, cuidadosamente empaquetado. 205 páginas de 15 por 22 cm, texto con tinta negra, ilustrado utilizando rojo, azul, amarillo, marrón y verde. Las ilustraciones parecen representar plantas, mujeres y configuraciones astronómicas. El pergamino, la caligrafía y la historia conocida del manuscrito indicaban a Voynich que era de origen medieval, y la abundancia de especímenes vegetales sugería que podía tratarse de un herbario, un libro de texto mitad científico, mitad mágico, que describía las cualidades místicas y médicas de las plantas y su preparación. Pero esto era una simple conjetura, ya que estaba escrito en un lenguaje que Voynich no pudo identificar; aunque el texto podía ser descompuesto en palabras, cuyas letras eran familiares a medias, no tenían sentido. Voynich sólo pudo suponer que estaban escritas en un idioma poco conocido, en un dialecto o en un código. Quizá había elaborado un código para camuflar sus investigaciones, eludiendo la acusación de practicar la magia negra, acusación que en la Edad Media significaba la pena de muerte. Mientras daba vueltas a todas esas posibilidades, Voynich se dirigió al mundo académico buscando una solución; hizo hacer copias del documento y se las envió a todos los especialistas que pudieran colaborar con él. Con cada copia, envió un resumen de lo que él sabía del manuscrito. Lo había comprado, pagando una cantidad no revelada, a principios de 1912, tras haberlo hallado en la biblioteca del Colegio Mondragone de los jesuitas, en Frascati (Italia). Antes de llegar allí, el manuscrito había permanecido custodiado durante 250 años en el Collegium Romanum de los jesuitas; había sido depositado allí por un célebre erudito y criptólogo jesuita del siglo XVII, llamado Athanasius Kircher. Según una carta fechada el 19 de agosto de 1666, Kircher había recibido el libro de manos de su antiguo alumno Joannes Marcus Marci, rector de la Universidad de Praga; el libro había formado parte de la biblioteca del Emperador Romano Rodolfo II, hasta su muerte en 1612. A todos los efectos, Rodolfo había cedido el gobierno de sus reinos de Hungría, Austria, Bohemia y Moravia a los jesuitas, prefiriendo dedicar su tiempo a patrocinar las ciencias y pseudociencias. Las que más le interesaban eran la botánica y la astronomía; creó un complejo jardín botánico y construyó un observatorio en Benatky, cerca de Praga para el astrónomo danés exiliado Tycho Brahe. El Emperador gustaba de la alquimia, empleó mucho tiempo y dinero en la instalación de un laboratorio alquímico al que invitó a alquimistas de toda Europa. Uno de ellos, Johannes de Tepenecz, firmó su nombre en un margen del manuscrito Voynich, según se descubrió posteriormente. Otro alquimista era el inglés John Dee, quien entre 1584 y 1588 vivió en la corte de Rodolfo como agente secreto de la reina Isabel I. Es posible que fuera Dee quien trasladara el manuscrito a Praga. Dee, que había sobrevivido al encarcelamiento en tiempos de la reina María Tudor, en 1555, acusado de brujería, se transformó en favorito de su media hermana Isabel. Los experimentos necrománticos que realizó con su ayudante Edward Kelley suenan a cuento, pero poseía un profundo conocimiento de la teoría y de la práctica alquímicas, así como de astrología, astronomía, matemáticas, geografía y navegación celeste, una de sus obsesiones era hallar el pasaje noroeste hacia la India; pero sobre todo era un espía. Intentó la creación de claves secretas y estudió las que ya existían, en beneficio de su jefe, Lord Vader. Dee también admiraba mucho los trabajos de Roger Bacon, y coleccionó muchos de sus manuscritos. Tenía numerosos puntos en común con el monje franciscano; ambos se interesaban por las escrituras secretas. En cualquier caso, parece que fue el doctor Dee quien regaló a Rodolfo II el manuscrito de Voynich, diciéndole que era obra de Bacon. Sir Thomas Browne afirmaba que Arthur Dee, hijo del doctor Dee, le había hablado de un libro que sólo contenía jeroglíficos, en cuyo libro su padre había ocupado mucho tiempo, pero no me dijo que lo hubiera descifrado. Éstos son, entonces, los antecedentes del problema que Voynich planteó al mundo académico en 1912, problema que provocaría angustia en muchos círculos intelectuales de Europa y América, ya que, aunque los grupos de letras y palabras que allí aparecían daban la impresión de ser tan sencillos como el nombre de un viejo amigo cuando lo tienes en la punta de la lengua –como dijo un escritor– en realidad no lo eran. Los filólogos buscaron en vano trazas de un lenguaje conocido y después utilizaron todos los métodos que suelen emplearse para leer idiomas perdidos; en vano. Varios criptoanalistas –incluido un especialista de la Biblioteca Nacional de París que había trabajado con códigos alquímicos del siglo XV– lucharon y se rindieron. En 1917, el manuscrito llegó a atraer la atención de la sección de criptología de la División de Inteligencia Militar de los Estados Unidos. El MI-8 estaba encabezado por Herbert Osborne Yardley y el capitán John M. Manly, doctor en filosofía, que antes de la guerra había sido director del departamento de Inglés en la Universidad de Chicago. En 1917 Manly trabajaba en el llamado criptograma Witzke, un código de 424 letras que descifró en tres días, revelando la identidad de Lothar Witzke, agente secreto alemán que operaba desde México. Después de trabajar mucho con el manuscrito de Voynich se dio por vencido y dijo que el texto era «el manuscrito más misterioso del mundo». Las ilustraciones son desconcertantes. Nada parecía tan sencillo como identificar las plantas desde el punto de vista botánico, y servirse luego de sus nombres para descifrar las leyendas; pero el problema era que la mayor parte de plantas no existen, y los nombres de los que existían carecían de sentido desde el punto de vista criptográfico. Los astrónomos creyeron reconocer cuerpos celestes, como la estrella Aldebarán, la nebulosa de Andrómeda y el cúmulo estelar de las Híades, pero después volvieron a perderse en galaxias desconocidas. Especialistas en Bacon estudiaron el manuscrito, buscando coincidencias, mientras un profesor de anatomía de Harvard trataba de descifrar lo que le parecían diagramas fisiológicos; todo fue inútil. Pero hubo un hombre para quien el manuscrito de Voynich se transformó en obsesión. El profesor William Romaine Newbold, especialista en filosofía e historia medieval de la Universidad de Pennsylvania. Lingüista y criptógrafo –como Manly–, comenzó a trabajar en el texto en 1919. Su sistema era muy complejo: comenzó por examinar el manuscrito con una lupa y descubrió que existía un texto secundario microscópico dentro de las letras; creyó que se trataba de una especie de taquigrafía. Utilizando técnicas de desciframiento logró reducir esto a una clave de 17 letras romanas y con esto realizó seis traducciones diferentes, cada una de las cuales conducía a la siguiente. Después hizo un anagrama del sexto texto, con el que llegó al texto final –la solución– en latín. En abril de 1921 convocó una reunión de la Sociedad Filosófica Americana en Filadelfia y anunció sus conclusiones provisionales ante un público asombrado, al que finalmente logró convencer. En su opinión, la obra era de Roger Bacon, que la había puesto en clave para proteger sus ideas. Se sabía que Bacon había sido el inventor de la lupa y que había especulado con la posibilidad de construir telescopios y microscopios mucho antes de su invención. Según el profesor Newbold, el manuscrito Voynich demostraba que Bacon había construido un microscopio y lo había usado para estudiar y describir gametos, óvulos, espermatozoides y la vida orgánica en general. No sólo eso, sino que había construido un poderoso telescopio reflectante, con el que había estudiado sistemas estelares desconocidos en su tiempo. El profesor Newbold era hombre de sólida reputación, y sus descubrimientos –aunque sensacionales– parecían posibles. Muy pocos de los académicos que se reunieron para escucharle sabían algo de criptología, pero sus descubrimientos parecían razonables. Un importante fisiólogo, por ejemplo, consideraba que un dibujo y su leyenda describían las células epiteliales y sus cilios (se trata de las células que recubren las trompas de Falopio y los bronquios y que favorecen el paso de las mucosidades y de los óvulos) ampliadas a 75 veces su tamaño. John Manly, que ya había colgado su uniforme de mayor y había vuelto a su cátedra de la Universidad de Chicago, prefirió no tomar partido, pero escribió en la revista Harper’s una reseña bastante favorable a Newbold. Durante cinco años, hasta su muerte en 1926, Newbold prosiguió su criptoanálisis del manuscrito, en colaboración con su amigo y colega Roland Grubb Kent; fue éste quien publicó los descubrimientos de Newbold en 1928, con el título de The cipher of Roger Bacon (La clave de Roger Bacon). Las reacciones de especialistas y curiosos no se hicieron esperar. Por supuesto, John Manly seguía interesado por el asunto, y en cuanto se publicó el libro quiso conocer el método de trabajo de Newbold y comprobar sus resultados. Aunque admiraba a Newbold –a quien consideraba una autoridad– lo que halló no le gustó nada, y después de discutir su punto de vista con, entre otros, antiguos colegas del MI-8, publicó en 1931 un artículo en la revista Speculum: en él, mediante un análisis cuidadosamente razonado, despojaba de todo valor los trabajos del difunto profesor Newbold. Aunque Voynich no era criptólogo, tenía nociones de simbología. Su suegro había sido el profesor George Boole, el matemático inglés que fue uno de los primeros en usar símbolos matemáticos para expresar procesos lógicos. George Boole nació en el seno de una familia modesta en el Siglo XIX, sus padres enseguida notaron su talento y le ayudaron a desarrollar sus capacidades de forma autodidacta. Parece que mientras caminaba tuvo la idea de que se podrían expresar las relaciones lógicas que postuló Aristóteles dos milenios antes de forma algebraica. A partir de unas discusiones entre sus amigos De Morgan y Hamilton comenzó a desarrollar una nueva lógica a partir de la lógica de Aristóteles. Comenzó usando letras para representar a las clases de la lógica clásica de Aristóteles. Consiste básicamente en utilizar símbolos para representar realidades. Por ejemplo, si x representa a humanos e y representa a las cosas altas, se define xy como la clase de las cosas que pertenecen a la vez a x y también a y. Por lo tanto xy representaría a los humanos altos. La conclusión inmediata de esto es que si este operador se aplica a una clase sobre si misma obtenemos la misma clase, yy=y o xx=x . Actualmente este operador es conocido como la intersección. El siguiente paso es sustituir estas clases por números y ver cuando se siguen cumpliendo las propiedades. Cuando es verdadero xx=x ? Resulta que solo se cumple para dos números, el 0 y el 1. Esto nos lleva a que el álgebra de la lógica se convierte en álgebra ordinaria si trabajamos con los valores 0 o 1. Que justamente son los valores con los que trabaja cualquier sistema digital. Boole también definió los operadores + y -. La suma de x + y representa todas las cosas que contienen a x e y (Conocido como Unión) y la resta x -y los elementos que pertenecen a x y no están en y. A partir de éstas reglas Boole llegó a conclusiones que muchos siglos antes había llegado Aristóteles, pero en esta ocasión utilizando su propia lógica basada en el 0 y el 1. Por ejemplo, si x-x = 0 y sacamos factor común tenemos que x(1-x)=0. Que en notación de conjuntos sería x INTERSECCION !x = conjunto vacío, es decir que nada puede pertenecer y no pertenecer al mismo tiempo a una clase determinada. Por ejemplo, una cosa no puede ser grande y al a vez ser pequeña. Esto lo denominó Aristóteles como principio de no contradicción. Este tipo de coincidencias animaron a Boole a seguir trabajando en su nueva lógica. Hasta Boole la lógica no había avanzado prácticamente nada desde hacía dos milenios. Las reglas lógicas de Boole trabajan con ceros y unos. La base del funcionamiento digital. En 1960, el meteorólogo Edward Lorenz se dedicaba a estudiar el comportamiento de la atmósfera, tratando de encontrar un conjunto de ecuaciones, que permitiera predecir a partir de variables sencillas, mediante simulaciones de computadora, el comportamiento de grandes masas de aire para hacer predicciones climatológicas. Lorenz realizó distintas aproximaciones hasta que consiguió ajustar el modelo a la influencia de tres variables que expresan como cambian a lo largo del tiempo la velocidad y la temperatura del aire. El modelo se concretó en tres ecuaciones matemáticas conocidas como modelo de Lorenz. Lorenz recibió una gran sorpresa cuando observó que pequeñas diferencias en los datos iniciales llevaban a grandes diferencias en las predicciones finales. Cualquier pequeña perturbación en las condiciones iniciales del sistema puede tener una gran influencia sobre el resultado final. Por eso es muy difícil hacer precciones del tiempo a largo plazo. Porque no podemos conocer exactamente cual es la situación actual de la atmósfera. Lorenz intentó explicar esta idea mediante un ejemplo hipotético. Sugirió que imaginásemos a un meteorólogo que hubiera conseguido hacer una predicción muy exacta del comportamiento de la atmósfera, mediante cálculos muy precisos y a partir de datos muy exactos. Podría encontrarse una predicción totalmente errónea por no haber tenido en cuenta el aleteo de una mariposa en el otro lado del planeta. Ese simple aleteo podría introducir perturbaciones en el sistema que llevaran a la predicción de una tormenta. De aquí surgió el nombre de efecto mariposa que, desde entonces, ha dado lugar a muchas variantes y recreaciones. En las novelas de Isaac Asimov aparece muchas veces el dilema de que al viajar hacia el pasado no hay que tocar nada, ni provocar ningún cambio, porque podría tener consecuencias insospechadas en el presente. En otras novelas se considera que la teoría del caos no tiene validez en el caso de los viajes en el tiempo, ya que un pequeño cambio es algo inapreciable que sería eliminado por fuerzas mayores. El efecto mariposa es la amplificación de errores que pueden aparecer en el comportamiento de un sistema complejo. El efecto mariposa es una de las características del comportamiento de un sistema caótico, en el que las variables cambian de forma compleja y errática, haciendo imposible hacer predicciones más allá de un determinado punto, que recibe el nombre de horizonte de predicciones. El caos observa que realmente existen movimientos sin orden. Gracias a la teoría del caos, hemos comprendido que puede haber movimientos erráticos que no son aleatorios, sino que responden a reglas fijas. Sí, efectivamente son fenómenos sin orden aparente- como por ejemplo el clima planetario- cuya motivación causal puede ser incomprensible y cuyas leyes se nos escapan, pero en absoluto son fenómenos derivados del azar - Feigenbaum. Si conociésemos el estado actual de todas las partículas de nuestro universo, introdujéramos todos los datos en una computadora cuantica, (junto con las leyes físicas concernientes a la interacción de las partículas) seríamos capaces de simular el futuro. Desde la época de Aristóteles se filosofaba sobre la forma en que está estructurado el mundo y como se podría modelizar, creando los primeros sistemas lógicos. Posteriormente con Galileo y Copérnico la ciencia y la filosofía retomaron el camino dentro de ésta corriente, un joven llamado Leibniz tuvo un sueño. Soñó con máquinas que fueran capaces de realizar cálculos, dejando libre a la mente humana de esos procesos.