Historia de la Cuberteria

El Cuchillo se originó hace un millón y medio de años, la Cuchara hace 20 mil años y el Tenedor en el siglo 11, el juego completo de nuestro cubertería necesitó muchos años para reunirse en la mesa.

Los buenos modales fueron una vez conocidos con el apelativo de urbanidad, para significar que cuando se llegaba a ciertos niveles sociales había que olvidarse de la ruralidad; es decir, el campo del que todos venimos.

La urbanidad era una asignatura obligada en todas las escuelas primarias. En los manuales de esa materia se enseñaban las reglas que le permitían a uno introducirse a los rituales de la sociedad. Los buenos modales surgieron para mostrar que uno ya era civilizado, sobre todo cuando era invitado a comer en casa ajena.

El humano primitivo, preocupado por la búsqueda de alimentos, no tenía tiempo de ocuparse de modales. Luego, al iniciarse la práctica de la agricultura, hacia el año 6000 antes de Cristo, el hombre se instaló en lugares fijos para llevar una vida más estable. Así, los hábitos adoptados por una familia en la mesa, se convirtieron en costumbres para la siguiente generación.

La primera referencia escrita que ha llegado a nosotros de una conducta correcta, está contenida en Las instrucciones de Plahhotep, visir del faraón Isesi, un libro que data del antiguo Imperio Egipcio, escrito alrededor del año 2500 antes de Cristo. Dicho manuscrito sobre las normas de etiqueta, se encuentra en una colección de antigüedades en París, y es conocido como El Papiro de Prisse, por el arqueólogo que lo descubrió.

Esta obra, dos mil años más antigua que la Biblia, fue escrita para los jóvenes egipcios destinados a ascender en la escala social de la época. Los patricios y plebeyos romanos comían con los dedos, como lo hacían todos los pueblos europeos, hasta que surgió el refinamiento en la mesa, a comienzos del Renacimiento.

En ese tiempo todavía no existía el tenedor, pero ya se observaban ciertos modales, más o menos refinados. Por ejemplo, el plebeyo comía utilizando los cinco dedos, en tanto que una persona de buena crianza tocaba la comida con un máximo de tres dedos, sin ensuciarse nunca el anular ni el meñique.

En la Europa del siglo 16, la diferencia en usar tres o cinco dedos era una de las marcas de distinción entre las clases superiores y las bajas. Los tenedores aparecieron por primera vez en la Toscana (Italia) del siglo 11, pero durante siglos suscitaron fuertes suspicacias. Por ejemplo, la Iglesia condenó de inmediato su uso, argumentando que sólo los dedos humanos, creados por Dios, eran dignos de tocar los alimentos que nos proporcionaba el Señor.

Así que por lo menos durante 200 años, el tenedor se mantuvo como una novedad escandalosa. Un historiador italiano escribió sobre una cena en la que una noble veneciana invitada a un banquete, comió con un tenedor que llevaba consigo, e incurrió en las iras de los clérigos presentes.

La mujer murió unos días después del banquete, a causa de una de las muchas epidemias de entonces, pero los clérigos difundieron que su muerte fue un castigo divino, una advertencia para aquellos que se atrevieran a usar artilugios para comer.

Dos siglos después de su aparición en Toscana, el tenedor bidente fue introducido en Inglaterra, pero todavía en el siglo 14 no era más que una curiosidad italiana. De hecho, el inventario del reinado de Eduardo I, en 1307, revela que entre miles de Cuchillos y Cucharas, sólo había siete tenedores: seis de plata y uno de oro. Y en ese mismo siglo, el rey Carlos V de Francia sólo contaba con 12 tenedores, en su mayoría adornados con piedras preciosas, pero ninguno de ellos utilizado para comer.

El tenedor tomó auge después de la Revolución francesa, convitiéndose en un símbolo de lujo, refinamiento y categoría. Y de pronto, tocar la comida, aunque sólo fuera con los tres dedos de rigor, pasó a considerarse una grosería.

Hoy en día, incluso en las familias más pobres, los utensilios individuales para comer son comunes, pero en la Europa del siglo 18 la mayoría de la gente, incluyendo la de clase media, compartía en la mesa las mismas jarras, platos y vasos.

Un manual de etiqueta de ese periodo aconseja que cuando alguien coma del mismo plato, debe procurarse no meter la mano en él antes de que lo haya hecho la persona de mayor rango. Mucho antes de que el tenedor apareciera en la escena culinaria, había dos utensilios de mesa que casi todo el mundo tenía para su uso particular: el Cuchillo y la Cuchara.

La Cuchara tiene 20.000 años de antigüedad y desde su introducción fue aceptada como un utensilio práctico para ingerir desde sólidos hasta líquidos. Se han encontrado Cucharas en excavaciones que datan del Paleolítico. Se han descubierto Cucharas de madera, piedra, marfil y oro en antiguas tumbas egipcias. Los griegos y romanos de las clases altas utilizaban Cucharas de bronce y de plata, en tanto que los pobres las tallaban en madera o se valían de algún fruto de cáscara dura para confeccionarse este utensilio.

En Roma se daba el nombre de Cochlear a un cucharón pequeño de mango puntiagudo, y éste posiblemente sea del origen de la palabra Cuchara. Durante el siglo 15, en Italia hicieron furor las llamadas Cucharas del Apóstol. Generalmente de plata, esas cucharas tenían en los mangos la figura de un apóstol, y entre los venecianos y toscanos eran consideradas como el regalo ideal para un bautizo, sobre todo si el mango ostentaba la figura del santo patrón del niño a ser bautizado.

Asistir a un banquete en el que se comía con los dedos, ya fuese con tres o bien cinco, exigía que una servilleta tuviera el tamaño de una toalla. Y, en realidad, las primeras servilletas fueron toallas grandes. Las utilizaron los antiguos egipcios, griegos y romanos para limpiarse las manos durante la comida, con el fin de procurarse un mayor aseo durante los banquetes, que solían durar varias horas/dias.

En las tres culturas mencionadas también se utilizaban pequeños recipientes o cuencos llenos de agua aromatizada con flores y hierbas, en los cuales los comensales sumergían los dedos para limpiarlos de los restos de comida, y luego secarlos en las servilletas. Durante el reinado de Tarquino el Soberbio, séptimo y último rey de Roma, en el siglo 6 antes de Cristo, la nobleza instituyó un segundo uso para la servilleta. Se esperaba que los invitados a un banquete envolvieran golosinas de la mesa en las servilletas, para llevárselas a sus casas. Salir del banquete con las manos vacías se consideraba una grosería.

Un manual de etiqueta de 1729 explica con claridad los numerosos usos de una servilleta de gran tamaño: para limpiarse la boca, los labios y los dedos cuando estén demasiado grasientos; para secar el cuchillo antes de cortar el pan; para limpiar la cuchara y el tenedor después de utilizarlos. Y el mismo libro propone que cuando los dedos estén muy grasientos, limpiarlos primero con un trozo de pan, a fin de no ensuciar demasiado la servilleta. Documentos similares revelan el esplendor de las servilletas.

En Italia, allá por 1680, había 26 maneras de doblarlas, según se tratara del rango de la persona y de la ocasión. Lo que puso fin al reinado de la servilleta tamaño toalla, y al cuenco para limpiarse los dedos, fue la adopción del tenedor, que evitaba el contacto directo con los alimentos. Se conservaron las servilletas, sí, pero de menor tamaño y sólo para secarse la boca. Finalmente, conviene señalar que los manuales de etiqueta hicieron furor en Europa después de las Cruzadas del siglo 11, cuando el creciente prestigio de la nobleza volvió a despertar el interés por los modales.

De los manuales europeos de la época se extraen los siguientes consejos para aquellos que emprendían su escalada en la más alta sociedad. No se incline para acercar la boca al plato mientras esté comiendo, y no haga ruidos repugnantes. No escupa sobre la mesa. No se limpie la nariz con el mantel ni en la manga de la chaqueta. Y tampoco con la servilleta. Cuando se limpie la nariz o tosa, vuélvase a otro lado para que no caiga nada sobre la mesa. No se hurgue los dientes con el cuchillo, como hacen algunos; es mala costumbre. No devuelva al plato lo que haya estado en su boca. No mastique nada que después tenga que escupir. Es de malos modales restregar la comida en la sal.

El Homo erectus, un primate primitivo que ya caminaba erguido, disponía de cuchillos de piedra para despedazar sus presas, labrados con arreglo a una pauta uniforme. Este ser, que vivió hace un millón y medio de años, fue el primer homínido con capacidad para concebir un diseño y después trabajar un fragmento de piedra hasta ejecutar la idea a su gusto.

Desde entonces, los cuchillos han constituido una parte importante en el armamento y la utilería del ser humano. Y cambiaron muy poco a lo largo de los milenios. Durante siglos, casi todos los hombres poseyeron un cuchillo personal, que colgaban de su cinto para utilizarlo en lo que fuese necesario, desde destazar una res y hacerse un bastón, hasta partir una sandía o sacarse una espina. Todos estos cuchillos terminaban en una punta afilada.

El cuchillo de mesa, con su extremo redondeado, se originó en la década de 1630, cuando un hombre quiso poner fin a una práctica tan común como grosera: utilizar el cuchillo como palillo de dientes. Ese hombre fue Armand-Jean du Plessis, más conocido como duque de Richelieu, cardenal y primer ministro de Luis 13I de Francia. Aparte de su preocupación por los asuntos de Estado y por la consolidación de su autoridad personal, Richelieu se preocupó porque la gente utilizara mejores modales en la mesa.

Durante cualquier comida, los hombres de alto rango utilizaban el extremo puntiagudo de un cuchillo para limpiarse los dientes, hábito que los manuales de etiqueta habían deplorado durante cerca de 300 años. Richelieu odiaba esta grosería en su mesa, así que ordenó a su mayordomo que redondeara con una lima las puntas de todos los cuchillos de su casa.

Muy pronto, las anfitrionas francesas, deseosas también de poner fin a aquella práctica, empezaron a encargar Cuchillos tipo Richelieu. Al menos, se sabe con toda certeza que, al terminar aquel siglo, las cuberterías francesas solían incluir cuchillos de punta roma (inventada en Francia). La idea de Richelieu también acabó con otra mala costumbre: la de clavar el cuchillo en la mesa de los comedores de las fondas y posadas de la época.


 

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